
– ¿Fin de tu servicio de enlace? -inquirió Clarke.
Conservaba su buen humor, pero Rebus la veía cansada debido al sueño alterado, al frío y al aburrimiento de un servicio de vigilancia que se sabe que no va a servir para nada. Además, no era ninguna delicia hacerlo en compañía de Claverhouse, tan poco locuaz, y con aquel latiguillo de que todo había que «hacerlo bien», es decir, conforme al reglamento.
– Haznos un favor -dijo Claverhouse.
– Tú dirás.
– Hay un puesto de patatas fritas frente al Odeón.
– ¿Qué te traigo?
– Una bolsa de patatas.
– ¿Ya ti, Siobhan?
– Una Irn-Bru.
– Ah, oye, John -añadió Claverhouse cuando Rebus ya bajaba del coche-. De paso, pide una botella de agua caliente.
En ese momento entró en la calle un coche a toda velocidad que frenó con un chirrido delante del café. Abrieron la portezuela trasera del lado de la acera sin que nadie se apeara y volvieron a arrancar apretando el acelerador con la portezuela abierta. En la acera un bulto se arrastraba tratando de incorporarse.
– ¡Síguelos! -gritó Rebus.
Claverhouse ya había dado al contacto y metió la primera de un manotazo. En cuanto arrancaron Clarke estableció comunicación por radio. Cuando Rebus cruzó la calle el hombre se puso en pie apoyado con una mano en la luna del café y sujetándose la cabeza con la otra. Al llegar a su lado notó su presencia y trató de alejarse tambaleándose.
– ¡Dios! ¡Ayuda! -gritó cayendo otra vez de rodillas sin quitarse las manos de la cabeza.
Su rostro era una máscara ensangrentada. Rebus se agachó frente a él.
– Ahora pedimos una ambulancia -dijo. Los clientes se apiñaban tras los cristales del café; dos jóvenes habían salido a la puerta a mirar como si se tratase de una escena de teatro callejero. Rebus sabía quiénes eran: Kenny Houston y El Guapito-. ¡No os quedéis ahí! -gritó.
Houston miró a El Guapito, pero éste ni se movió. Rebus sacó el móvil para llamar a urgencias con la vista clavada en El Guapito: pelo negro ondulado, ojos maquillados, cazadora de cuero negro, jersey negro de cuello cisne, vaqueros negros. Rolling Stones: Paint it Black. Tenía la cara blanca, como empolvada. Rebus se acercó a la puerta. A sus espaldas, el hombre profería gemidos en un lamento de dolor que retumbaba bajo el cielo nocturno.
