Emma volvió a sentir que todo comenzaba a dar vueltas a su alrededor.

Cleo la agarró de la mano.

– Sigue respirando -le ordenó en tono jocoso-. Se supone que tengo que ponerte las cosas más fáciles, no peores.

– No es por ti -dijo Emma-. Es por todo. No puedo creer lo que está pasando.

– No te sorprendas tanto. Lo bueno es que el palacio es precioso y que Reyhan tampoco está mal. Si puedes obviar todo eso del honor y la tradición, verás que tiene mucho sentido del humor. ¿No te parece estupendo?

¿Estupendo? ¿Acaso insinuaba que Emma tendría que pasar tiempo con él?

Sacudió la cabeza. Aquello no estaba sucediendo.

Era demasiado irreal.

Un hombre alto entró en la habitación portando un maletín negro.

– Doctor Johnson -lo saludó Cleo-. Aún hace visitas a domicilio.

– Así es, princesa Cleo -respondió él con una sonrisa-. Y lo seguiré haciendo.

Cleo se inclinó hacia Emma.

– El doctor Johnson es el médico de la familia real. Es muy bueno. Te gustará.

Emma miró los ojos azules del médico y sintió cómo su ansiedad se calmaba un poco.

El doctor Johnson se sentó frente a ella y le tomó la mano.

– ¿Cómo se siente? He oído que se desmayó.

– No sé lo que me pasó -admitió ella-. Estaba bien, y de repente me había caído.

– El príncipe Reyhan me ha puesto al corriente – dijo él, soltándole la muñeca-. Su pulso es normal. ¿Se le nublado la visión desde que recuperó la conciencia?

– No.

– ¿Habla con coherencia? -le preguntó el médico a Cleo.

– Sí. Está un poco noqueada, pero ¿quién puede culparla, dadas las circunstancias?

El doctor emitió un débil gruñido y sacó un esteacopio del maletín. Quince minutos después declaró que Emma estaba exhausta y un poco deshidrataba, pero nada más. Le dio algo para ayudarla a dormir y le dijo que volvería a examinarla al día siguiente.



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