
– Oh -murmuró Emma, todavía más confusa-. Son muchas personas -tragó saliva-. ¿Y tú eres la princesa Cleo?
– En carne y hueso -dijo ella, acercándose más-. Soy de Spokane, Washington. Ya lo sé… no es exactamente la cuna de muchos miembros de la realeza. Tuve que aprender muchas cosas sobre el protocolo y cómo dirigirme a todo el mundo. Me dedico a las actividades benéficas, lo cual está muy bien, y tengo una nueva hija. Calah -su expresión se suavizó-. Es un encanto. Solo tiene tres meses.
Emma quería pedirle lápiz y papel para anotar toda aquella información.
¿Reyhan, un príncipe de Bahania? ¿Era posible? Y si lo era, ¿por qué se había casado con ella?
– ¿Sabes…? -Empezó a preguntar, pero tuvo que aclararse la garganta-. Hubo una boda hace unos años. Pensaba que tal vez… Mis padres contrataron a un abogado, que concluyó que el matrimonio no era real.
Cleo le dio una palmadita en el brazo.
– Lo siento. Por lo que he oído, es muy real. Estás atada y bien atada a Reyhan. Y él es igual que su hermano. Chapado a la antigua con esa presunción principesca, siempre exigiendo respeto y veneración… Oh, por favor. Bueno, puedo pasar lo del respeto, pero ¿veneración? Eso sí que no.
Así que estaba casada. Con un príncipe. Ella.
– Esto no tiene sentido -susurró-. No lo entiendo. ¿Por qué Reyhan se había casado con ella y luego había desaparecido? ¿Y por qué de repente la había hecho ir hasta allí? ¿Quería casarse con otra mujer? La idea le produjo náuseas, pero tenía que saberlo. – ¿Está comprometido? Cleo negó con la cabeza.
– No es eso. Después de que Calah naciera, el rey decidió que era el momento para que Reyhan le diera más nietos. Fue entonces cuando se supo que había una señora Reyhan perdida por ahí.
