
Entonces uno de los hombres levantó la mirada y la vio.
– ¿Señorita Kennedy? Soy Alex Dunnard, del Departamento de Estado. Éste es mi socio, Jack Sanders. ¿Puede concedernos unos minutos?
Mientras hablaba, sacó su identificación y lo mismo hizo su compañero.
Emma abandonó la idea de escapar y se acercó a la puerta. Las fotos eran de los hombres y las placas parecían oficiales, pero ella nunca había visto una placa del Departamento de Estado, así que no podía notar las diferencias.
Alex Dunnard se guardó su identificación en el bolsillo de la chaqueta y sonrió.
– Tenemos asuntos oficiales que discutir con usted. ¿Podemos entrar o se sentiría más cómoda si vamos a la cafetería de la esquina?
Emma sabía que ninguna de las dos opciones le evitaría tener que hablar con ellos. Pero aquello era una locura. ¿Qué podía querer de ella el Departamento de Estado?
Los miró de arriba abajo y decidió dejarlos pasar. El barrio de Dallas en el que vivía era tranquilo y normal. Esos hombres se habían equivocado de persona, sin duda. Y se irían en cuanto advirtieran su error.
– Vamos -dijo, metiendo la llave en la cerradura.
Los dos hombres la siguieron al minúsculo salón. Ya había oscurecido, así que Emma encendió varias lámparas y les indicó el sofá, sentándose ella en el sillón opuesto. Al dejar el bolso en el suelo, vio varias manchas en su camisa. Gajes del oficio, se recordó.
Alex se sentó en el borde del sofá, mientras que el otro caballero permaneció de pie junto a la puerta corredera de cristal.
– Señorita Kennedy, estamos aquí por encargo del rey de Bahania…
– ¿El rey de Bahania ha dicho? -lo interrumpió ella, alzando una mano.
– Sí, señorita. Se puso en contacto con el Departamento de Estado y nos pidió que la localizáramos para transmitirle una invitación oficial para visitar su país.
Emma se echó a reír, sin creerse una palabra.
