
– ¿Venden ustedes algo? Porque si es así, me temo que están perdiendo el tiempo.
– No, señorita. Somos del Departamento de Estado y estamos aquí por…
– Sí, ya lo sé. Por deseo del rey de Bahania. Pero se han equivocado de persona. Seguro que se trata de otra Emma Kennedy a la que quiere ver su alteza real.
Echó un vistazo a su modesto apartamento. Necesitaba dinero para pagar sus préstamos de estudios, así como ruedas nuevas para su viejo coche. En su próxima vida tendría que ser rica, ya que en ésta sólo era una mujer soltera con dificultad para pagar las facturas.
Alex sacó un pedazo de papel del bolsillo de su chaqueta.
– «Emma Kennedy» -leyó, y enumeró su fecha y lugar de nacimiento, los nombres de sus padres y el número de su pasaporte.
– Espere un momento -dijo ella. Se levantó y entró en su dormitorio.
Su pasaporte estaba al fondo del cajón de los calcetines. Lo sacó y volvió al salón, donde le pidió a Alex que volviera a leerle el número. Coincidía.
– Esto es increíble -murmuró-. Mire, no conozco al rey de Bahania. Ni siquiera sabría localizar Bahania en el mapa. Tiene que haber un error. ¿Qué podría querer ese rey de mí?
– Usted va a ser su invitada durante las próximas dos semanas -dijo Alex. Se puso en pie y sonrió-. Hay un jet privado esperando para llevarla a su país, señorita Kennedy. Bahania es un aliado muy poderoso en Oriente Medio. Junto a su vecino, El Bahar, está considerado como la Suiza de la región. Son países muy desarrollados que ofrecen un refugio de paz y estabilidad económica en una de las zonas más conflictivas del mundo. Además proporcionan un gran porcentaje del petróleo que importamos.
Emma apenas había estudiado nada de ciencias políticas, pero no era estúpida y captó el mensaje. Cuando el rey de Bahania invitaba a una joven enfermera de Texas a que pasara dos semanas de vacaciones en su país, el gobierno de Estados Unidos esperaba de ella que aceptase la invitación sin dudarlo.
