
– Sé lo que piensa -dijo ella por los auriculares-. Está molesto y humillado. No me sorprende, es como reaccionan todos los hombres. Si le sirve de consuelo le diré que en los últimos seis o siete años nadie, ni hombre ni mujer, me ha vencido en un combate aéreo. Esto es la guerra, no es nada personal. Mi trabajo es enseñarle a ser mejor piloto. Su trabajo es aprender. Nada más.
– Conozco mis responsabilidades -dijo él, en tono seco, sin poder ocultar el orgullo herido.
– No me lo va a perdonar, ¿verdad? -dijo ella, y suspiró-. Tampoco sería el primero. En fin, es problema suyo.
Con eso, el reactor de la mujer giró con la elegancia de una bailarina y se alejó en el cielo. Jefri miró al lugar donde había estado una décima de segundo antes. ¿Cómo lo había hecho?
Sacudió la cabeza y, tras solicitar permiso a la torre de control de tráfico aéreo militar para regresar a la base, colocó el avión en las coordinadas necesarias y se dirigió hacia el sur.
Veinte minutos después, aterrizó y llevó el reactor hacia los enormes hangares que acababan de construir recientemente para proteger la nueva fuerza aérea del país. Detuvo el avión y en cuanto levantó la cubierta de la cabina, oyó a alguien gritar su nombre.
– Dos minutos -gritó Doy le Van Horn desde la pista-. Hasta ahora todo un récord. Bien hecho.
¿Bien hecho? Jefri apretó los dientes y bajó por la escalerilla.
– Ha sido un desastre.
– No debe tomárselo a título personal, Su Alteza – dijo Doyle dándole unas palmaditas en el hombro -. Nadie ha ganado a Billie en mucho tiempo, ni siquiera yo.
– Eso es lo que me ha dicho ella -dijo Jefri, mirando al hombre rubio y sonriente que acababa de recibirlo-. ¿Cuánto tiempo lleva trabajando en su empresa?
Doyle sonrió.
– Técnicamente, toda la vida. Es mi hermana. Mi padre la tenía conduciendo los depósitos de combustible a los doce años. Y pilotó un reactor por primera vez el día en que cumplió los dieciséis. Usted dijo que quería el mejor instructor, y eso es lo que le hemos dado, Su Alteza.
