– Llámame Jefri, y tutéame, por favor. Será más fácil así.

Doyle asintió.

– Quería comprobar que no se había ofendido después de la derrota. Hay hombres que se lo toman muy a pecho.

A Jefri no le cabía la menor duda. El segundo reactor se acercó a la pista y se preparó para aterrizar. Con una suavidad difícil de imaginar, el aparato apenas levantó polvo cuando las ruedas tocaron el suelo.

– Me gustaría conocerla -dijo el príncipe.

– Lo imaginaba -dijo Doyle, sin perder la sonrisa y el destello divertido en sus claros ojos azules-. Todos los pilotos quieren conocerla.

Jefri alzó las cejas.

– ¿En serio?

– Sí, nadie se lo puede fcreer. Pero cuando la ven, aún lo llevan peor.

– ¿En qué sentido?

Doyle se echó a reír y levantó las manos con las palmas abiertas.

– Averigúalo tú mismo -le dijo -. Sólo una cosa más. Tú serás el príncipe y el hombre que nos contrató, pero Billie es fruta prohibida. Para todo el inundo. Incluso para ti.

Jefri no estaba acostumbrado a recibir órdenes de nadie, pero no dijo nada. Billie Van Horn sólo le interesaba como instructora de vuelo, y si era la mejor, quería aprender de ella. Y cuando volvieran a enfrentarse en el aire, él ganaría.


Billie se bajó de la cabina y tiró de la cremallera del traje de vuelo. Quienquiera que diseñara aquellas prendas siempre se olvidaba de que las mujeres tenían algunas partes del cuerpo distintas a los hombres. Saltó el último medio metro hasta el suelo y se quitó el casco. Al hacerlo, vio a un hombre alto con casco y uniforme de vuelo que caminaba hacia ella. Oh, sí, ése debía de ser el príncipe. Que seguramente no estaba acostumbrado a perder. Bueno, más valía que se acostumbrara, porque iba a perder muchas veces. Billie no pensaba tratarlo de manera diferente a los demás clientes, lo que significaba que iba a continuar escuchando el estridente sonido de derrota al final de todas las clases con ella.



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