
Tres lámparas de araña iluminaban la mesa, pero en lugar de bombillas tenían velas. A un lado, en una mesa auxiliar, había un cubo de hielo con champán y varias botellas sin abrir de distintos vinos tintos y blancos, así como varias botellas de licor. Dos hombres con sendas bandejas de canapés esperaban en la entrada, y no había ni un gato a la vista.
– Es increíble -dijo Billie.
– Me alegro de que te guste. ¿Champán?
– De acuerdo. Mañana no vuelo hasta última hora de la mañana.
Jefri abrió la botella y sirvió dos copas.
– Por nuevas aventuras -dijo, brindando con su copa-, y los que las comparten.
Billie pensó que no era el momento para su habitual «de un trago», y sonrió antes de beber un sor-bito.
Un hombre alto que Billie no conocía entró en el salón. A juzgar por su atractivo físico y regio porte, Billie imaginó que sería otro de los príncipes de la familia.
«Bingo», se dijo cuando Jefri se lo presentó.
– Mi hermano mayor, el príncipe heredero Murat.
Billie tenía el bolso en una mano y la copa de champán en la otra. Durante un segundo horrible, pensó que quizá tenía que agacharse o hacer una reverencia. No sabía qué se esperaba de ella. Pero entonces Murat se inclinó hacia ella y le dio un suave beso en la mejilla.
– Bienvenida, señorita Van Horn. Mi hermano se ha quejado largo y tendido sobre su dominio de los cielos pero no ha dicho nada de su excepcional belleza.
Cualquiera habría imaginado que el beso del atractivo príncipe heredero que algún día se sentaría en el trono del reino tendría algún efecto en ella. Sin embargo no fue así. Ni se le aceleró el corazón ni le temblaron las rodillas. La reacción era exclusivamente con Jefri, así que no podía ser sólo por el rollo del príncipe guapo, rico y con palacio. Billie decidió archivar la información para analizarla más tarde.
– A los hombres no suele gustarles que les gane una mujer-dijo ella, con una sonrisa-. Es una cuestión de vanidad. No me lo tomo a título personal.
