– Me ha parecido lo mejor. Siempre tengo remordimientos cuando salgo a divertirme sin ella, pero la he dejado viendo una película.

Jefri pulsó el botón de la segunda planta.

– ¿Perdona? -No podía haber oído bien -. ¿Tu perra está viendo una película?

– Sí. Y debo decir que la colección de DVD's que tienes es fantástica. Me ha costado mucho decidir, la verdad, pero al final le he puesto Una rubia muy legal 2 porque le encanta Brusier. Es el perro de la película.

Jefri no dejó de mirarla a la cara ni un momento, pero parpadeó.

– No lo entiendo. Eres la misma mujer que pilota un reactor de caza mejor que nadie -dijo, como si fueran cosas incompatibles.

Las puertas se abrieron y los dos salieron al pasillo.

– Sí, ésa soy yo.

– ¿Y le has puesto una película a tu perra?

– No veo qué relación hay entre las dos cosas.

– Yo tampoco. Por aquí.

Jefri la llevó por un largo pasillo, a cuyos lados había un gran número de puertas y habitaciones.

– Me han dicho que tu hermano no podrá venir esta noche -dijo Jefri.

– Ha llegado el resto del equipo y quería supervisarlo todo. Si quieres mi opinión, no le apetece arreglarse para la cena. Él se lo pierde. Estoy segura de que la comida será exquisita.

– Espero que todo esté a tu gusto.

La voz masculina fue una caricia en su piel, y Billie se sintió rara, inestable. Tenía que controlarse. Con los tacones que llevaba, un paso en falso sería fatídico.

Al final del pasillo giraron a la izquierda y entraron en lo que debía de ser el pequeño comedor informal para las informales cenas familiares. Para ella, era como cenar en las zonas acordonadas del Museo Británico.

En el centro de salón había una inmensa mesa. A juzgar por el número de sillas pegadas a las paredes, allí cabían al menos treinta personas. Dos estatuas antiguas flanqueaban un gran tapiz que mostraban la escena de una mujer joven en una barca. A juzgar por el vestido, la escena debía de pertenecer al siglo XVII.



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