
– Todos los reactores tienen puntos ciegos. El truco está en saber dónde están y cómo utilizarlos, claro.
– Pero yo podía haber girado, y el punto ciego se habría movido.
Ella sacudió la cabeza mientras se quitaba un guante.
– Estabas tenso. Sabía que mantendrías el rumbo y que me daría tiempo a perderme en el horizonte. Ahora, si me disculpas…
Billie le dio la espalda y se dirigió a los barracones provisionales instalados en una de las esquinas del aeropuerto.
Pero si su intención fue alejarse de él, no lo consiguió. El hombre la siguió y continuó haciendo preguntas, a las que ella fue respondiendo automáticamente, mientras hacía un esfuerzo sobrehumano para no darse cuenta de que respondía perfectamente al tópico de «alto, guapo, moreno y para comérselo», además de príncipe. Aunque parecía mucho más interesado en volar que en ella.
– Yo me quedo aquí -dijo Billie sonriente, al llegar a la puerta de una de las tiendas, interrumpiendo la pregunta del hombre-. Tenemos mucho tiempo para hablar de esto en las clases teóricas y en los ejercicios de simulación.
– ¿Cuándo volveremos a enfrentarnos en el aire? -preguntó él.
Billie se terminó de bajar la cremallera del traje de vuelo hasta las caderas y sacó los brazos. Aunque era el mes de octubre, en el desierto hacía mucho calor.
– Tenemos tiempo de sobra -dijo ella-, y no te preocupes, volveré a matarte, todas las veces.
– No lo creo. La última maniobra…
El hombre ni siquiera se fijó en su pecho, pensó Billie con cierta lástima. Muchas veces había pensado que aunque se desnudara y se paseara por la pista como su madre la trajo al mundo el resto de los pilotos ni siquiera se darían cuenta. Sólo sus hermanos, claro, y seguramente la matarían.
– Tengo libre hasta mañana por la mañana-dijo ella cortésmente-. Sé que estás ansioso por tener la nueva fuerza aérea en funcionamiento, pero no trabajo veinticuatro horas al día.
