Todos los hombres detestaban perder contra una mujer, incapaces de aceptar que una mujer los superara en un combate aéreo.

En su experiencia, los hombres que entrenaba se dividían en dos categorías. Los primeros reaccionaban con agresividad y a menudo intentaban desahogar su frustración en el aire tratando de intimidarla en tierra firme. Los segundos la ignoraban. Fuera del aula o del avión, ella sencillamente no existía. Muy pocos hombres, poquísimos, la veían como una persona y eran agradables con ella.

Pero ninguno se había molestado nunca en verla como mujer.

El príncipe Jefri continuó acercándose hacia ella. ¿En qué categoría estaría? ¿Sería mucho pedir que fuera uno de los agradables? ¿Había…?

El hombre se quitó el casco y las gafas. En ese preciso momento, el cerebro de Billie se paralizó.

Era guapísimo.

No, guapísimo no era suficiente. Necesitaba un termino más acertado para explicar lo guapo que era. ¿Eran los ojos castaños oscuros con espesas y sensuales pestañas? ¿O la forma perfecta de la boca, los pómulos altos, el pelo negro? ¿O era la combinación de rasgos y la determinación de su expresión?

Tampoco importaba.

Cuanto más se acercaba, mejor estaba. Billie había visto su foto en revistas y periódicos, pero las imágenes no le hacían justicia. Se esforzó en recuperar la respiración y actuar con normalidad, a pesar de que su corazón continuaba latiendo a la velocidad de un reactor.

– Felicidades -dijo el guapísimo hombre tendiéndole la mano-. Pilotas el reactor como una profesional -dijo, sin parecer en absoluto ofendido.

– Soy una profesional -respondió ella, sonriendo.

Billie estrechó la mano y casi se desvanece al notar las chispas producidas por el contacto.

– ¿Cómo has desaparecido tan deprisa? -pre¬guntó él-. Te estaba viendo, y de repente ya no estabas.



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