Billie le sonrió y se acercó a tomar en brazos la bola de pelo.

– ¿Cómo está mi preciosidad? -preguntó con voz de niña-. ¿Has saludado al principito?

Después se acercó a la portezuela de la tienda y la empujó.

– No pensé que hiciera tanto calor -dijo, saliendo al exterior-. Aunque, claro, estamos en el desierto. Bueno, se te está acabando el tiempo. ¿Quieres preguntar algo más?

¿Preguntar? Jefri la siguió al exterior, donde vio las hileras de reactores en la pista. Sí, claro. Tenía cientos de preguntas que hacerle, pero de su boca no salió ninguna. ¿Cómo, si las costuras del vestido dibujaban las curvas perfectas de los muslos, y el balanceo de las caderas le hacía hervir la sangre?

No estaba acostumbrado a una reacción física tan fuerte. Para él, las mujeres siempre habían sido fáciles. Si quería lo que veía, le era ofrecido sin dilación. Pero Billie parecía ajena a su propio atractivo físico, y además no lo veía más que como un alumno con ganas de aprender.

Billie giró en redondo y se plantó ante él.

– ¿Qué? -preguntó, con ojos divertidos-. Sé que no te intimido, así que venga. ¿Qué más quiere saber?

Una infinidad de cosas. Como cómo sería sentir la suavidad de su piel bajo sus dedos. El sabor de su boca al besarla. El sonido de sus gemidos al llevarla a la cima del placer. Porque sus fantasías con ella eran rendirla de deseo por él.

– ¿Por qué lo haces? -preguntó él -. ¿Por qué vuelas?

– Porque me encanta. Siempre me ha encantado – dijo ella, sonriendo-. Y porque soy muy buena.

– Sí, lo eres.

Dos mecánicos pasaron a pocos metros de ellos. Los dos hombres miraron a Billie. Sacudieron la cabeza e intercambiaron unas palabras que Jefri no fue capaz de oír. Pero sí de imaginar.

Miró a las tiendas, al campamento y después de nuevo a Billie.



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