– No puedes quedarte aquí -dijo.

La sonrisa femenina se desvaneció.

– ¿Perdona? ¿Me estás expulsando del país?

– No, claro que no. Sólo que no puedes quedarte en el campamento. No es seguro.

– Agradezco tu interés, pero llevo viviendo en campamentos como éste desde que tenía once años. Por fuera parecen un poco duros, pero son muy divertidos. Y no tienes que preocuparte. Normalmente tengo un padre y tres hermanos que se ocupan de eso. Esta vez sólo está Doyle, pero él se asegura que esté bien protegida en todo momento. Demasiado, incluso -añadió-, ¿verdad, Muffin, preciosa?

– Tu hermano y tú os alojaréis en palacio.

Billie parpadeó.

– ¿Has dicho palacio?

– Sí, hay varias docenas de habitaciones de invitados. Allí estaréis más cómodos.

Billie lo estudió en silencio con los ojos entrecerrados durante unas décimas de segundo.

– ¿Y las habitaciones -preguntó por fin con interés-tienen bañera?

– Tan grandes como para nadar en ellas -le aseguró él.

– Bien -musitó ella, pensativa, haciendo un recuento de las ventajas. Inconvenientes no veía ninguno-. Una cama de verdad, un techo, aire acondicionado y una vida sin arena. Cuenta conmigo. Si Doyle se niega, tendré que cargármelo.


– Esto es una pérdida de tiempo -murmuró Doyle, mientras la limusina negra atravesaba las impresionantes verjas de hierro que rodeaban todo el perímetro del palacio-. Nunca nos hemos alojado con un cliente.

– Nunca hemos tenido un cliente regio con palacio incluido- dijo ella, contemplando los jardines y praderas de césped perfectamente cuidadas-. Esta es una oportunidad única. Pero nadie te obliga a sufrir los rigores del más absoluto y exótico lujo, hermanito. Puedes volver a la tienda del aeropuerto cuando quieras.

Su hermano la miró, furioso.

– Sabes que papá me mataría si te pierdo de vista.

– Tengo veintisiete años, Doyle -dijo ella-. Tarde o temprano tienes que reconocer que soy una mujer adulta.



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