
Rafe saludó a los guardias al aproximarse. Cuando le abrieron las puertas, un gato persa aprovechó la ocasión para salir y frotarse contra sus pantalones. Rafe lo maldijo. Nunca le habían gustado los gatos. Le gustaban los perros, pero el rey era un fanático de los felinos y por supuesto no le había comentado nada al respecto.
Akil, el anciano ayuda de cámara que llevaba con el rey desde hacia décadas, se aproximó al verlo y sonrió.
– Señor Stryker… Bienvenido. El rey lo está esperando y lo recibirá ahora.
Rafe se llevó una mano a uno de los bolsillos para asegurarse de que el anillo seguía allí y se dirigió hacia una puerta medio abierta, a la izquierda de la sala. En cuanto entró, hizo una reverencia y dijo:
– Alteza…
El rey Hassan estaba sentado tras su impresionante escritorio. Generalmente llevaba trajes hechos a mano cuando estaba trabajando y aquel día no era una excepción.
– ¿Qué te trae por aquí, Rafe?
Rafe tuvo que quitar a un gato de la butaca para poder sentarse, y cuando lo hizo, el animal le saltó al regazo. Estaba deseando dejar aquel trabajo y volver a su empleo normal. Al menos, a su jefe tampoco le gustaban particularmente los gatos.
– Hay un asunto inusual que debemos tratar.
Hassan arqueó una ceja. Estaba a punto de cumplir sesenta años, pero parecía mucho más joven. Apenas tenía unas cuantas canas en la barba y en su rostro se veían pocas arrugas, pero Rafe ya había aprendido que podía parecer terriblemente severo y distante.
Rafe llevaba una buena temporada en el palacio en calidad de consejero de seguridad de Bahania, que acababa de firmar un acuerdo para crear unas fuerzas aéreas conjuntas con los vecinos países de El Bahar y la Ciudad de los Ladrones. Pero a pesar de ello, todavía no se había formado una idea exacta del carácter del rey y no sabia cómo podía reaccionar.
