
Unas horas antes, en la Embajada de Cuba, Laura Bahía estrechaba la mano de Agustín Sedal. La extraordinaria altura de Sedal hizo que su mesa pareciera un poco ridícula cuando él volvió a sentarse, casi una mesa de parvulario para ese individuo erguido y moreno de setenta y un años. Laura Bahía guardó en el bolsillo el papel con las direcciones que le habían dado. Dijo adiós al guardia de seguridad. Eran las ocho y cuarto de la noche, la calle estaba desierta. Laura se abrochó un chaquetón negro. Algunos perros, ocultos eras las verjas de grandes casas del barrio, ladraron al oírla pasar. La boca de metro aún estaba a diez minutos. También el interior del metro estaba vacío. Nadie en las taquillas ni por el pasillo. Sólo un mendigo al final del andén y, algo más cerca, un chico de unos veinte años que llevaba una venda en el brazo izquierdo.
Llegó a su casa poco después de las nueve. Pensó en cenar algo, pero más que hambre sentía cansancio y se tumbó vestida sobre la cama. El dormitorio, como el resto del piso, daba a un patio interior. A Laura le pareció que un relámpago entraba por el patio dejando sobre los muebles pequeños penachos de luz. Luego vino el primer trueno.
Philip Hull no conseguía concentrarse; siempre le pasaba cuando no había descansado lo suficiente. Se levantó a cerrar la puerta de su despacho en la embajada americana y después permaneció de pie, sin acercarse a la ventana o a coger un pisapapeles para sopesarlo y volverlo a dejar sobre la mesa. De pie, pegado a la puerta, como si fueran a dispararle, pensó, pero nadie le iba a disparar. Sólo estaba nervioso. Era un hombre inestable y el deseo de calma de la noche anterior con su emparedado blanco y su vaso de leche se había desvanecido.
