
¿Qué pretendían? Porque sin duda algo pretendían. Los cubanos llevaban casi mes y medio con aquella provocación. Una chica de veintiocho años inexperta, incapaz de esconder su rastro o quizás dedicada en exclusiva al trabajo de dejar ese rastro para que ellos lo vieran.
Volvió a sentarse. Sus pequeños zapatos taconearon súbitos. Hull era un hombre alto de complexión media. Cuando no tenía ninguna cita profesional que lo impusiera procuraba eludir el traje y acudía al trabajo ataviado con jerseys de calidad manifiesta, con pantalones informales. Detestaba, en cambio, los zapatos de aire deportivo, las grandes suelas gruesas, la sensación de calzarse para ir de excursión al campo cuando sólo iba a conducir, a pisar el suelo de la embajada y tal vez algunas calles. En su lugar prefería unos tradicionales mocasines negros cuya piel se le ajustaba al pie hasta el punto de marcar los huesos y cuya suela era casi inexistente. Tenía el pelo castaño abundante, lo que permitía que las canas no destacaran apenas. Los ojos claros, la cara amplia, las manos grandes y fuertes, la indumentaria, todo causaba una impresión de sosiego y seguridad, pero al llegar debajo de la mesa aquellos pies pequeños y como disociados de toda la figura invitaban al posible interlocutor a preguntarse de nuevo con quién estaba hablando. En cuanto a los calcetines, solían ser finos también, granates, verdes o negros, de textura traslúcida. Aquel día eran verdes, acanalados, y repetían con suavidad el taconeo nervioso de los pies mientras Hull llamaba a Marian Wilson por el teléfono interior.
