Se le hizo un nudo en la garganta. Aquel rostro encantador lo había acompañado a lugares que prefería olvida. Margaret había sido el único retazo de belleza en aquellos años. Sí, ella lo había mantenido a salvo, y sin embargo él no había logrado mantenerla a salvo a ella.

Contempló su imagen en la miniatura, y un vívido recuerdo acudió a su mente: el día en que nació su hermana. El disgusto de su padre con su esposa por haberle dado una hija. La tristeza de su madre agotada. La entrada a hurtadillas aquella noche en la habitación de los niños para contemplar aquel bulto diminuto e inquieto. “No importa que no le gustes a papá -susurró él, con el corazón de un niño de cinco años rebosante de osadía-. Tampoco le gusto yo. Pero yo cuidaré de ti”. Después rodeó con un dedo el puño minúsculo de la pequeña y así, simplemente así, quedó la cosa.

Una miríada de imágenes pasaron raudas por su mente. Enseñar a Margaret a montar a caballo. Ayudarle a rescatar a un pájaro con un ala rota. Curarle los rasguños que se había hecho al caerse de un árbol, para que su padre no la regañara. Escapar a la quietud del bosque para eludir las constantes tensiones y discusiones que había en casa. Enseñarle a pescar, y al cabo de un tiempo rara vez atrapar más peces que ella. Representar obras de teatro de Shakespeare. Verla crecer y pasar de ser una mocosa traviesa a convertirse en una hermosa jovencita que lo llenó de profundo orgullo. “Nosotros éramos lo único que teníamos en esta familia tan infeliz, ¿verdad Margaret? Hacíamos que fuera soportable el uno para el otro. ¿Qué habría hecho yo sin ti?”.

Pero le había fallado.

Sus dedos se cerraron alrededor de la miniatura.



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