
Tenía que reconocer que las tres hijas pequeñas de los Briggeham eran raras bellezas. Una de ellas, no recordaba cuál, se había casado recientemente con el barón de Whiteshead. De Samantha guardaba sólo un vago recuerdo; frunció el entrecejo tratando de recordar cómo era, pero sólo consiguió evocar una imagen borrosa de cabello castaño y gruesas gafas. Sabía, gracias a la maquinaria del chismorreo, que se la consideraba una excéntrica marisabidilla y que, tristemente, carecía de atractivo femenino, un hecho que resultaba más notorio debido a la extrema belleza de sus hermanas.
Como contraste, no le costó traer a la mente al mayor Wilshire: un hombre grande, tempestuoso y arrogante que tenía un porte militar rígido como una vara. Eric lo encontraba soportable sólo en pequeñas dosis. Que él supiera, el mayor no sonreía casi nunca, y reír era algo que desconocía totalmente. Lucía unos bigotes poblados y entrecanos, llevaba un inquisitivo monóculo y solía ladrar órdenes con una vez retumbante, como si aún mandara en un campo de batalla.
Con todo, el mayor era inteligente y, según decían, no le faltaba amabilidad. ¿Por qué no querría casarse con él la señorita Briggeham? Ya había rebasado con creces el primer rubor de juventud, y si era tan poco atractiva como había oído comentar, no podría atraer a muchos pretendientes. Arthur le había dicho que ella afirmaba no amar al mayor. Un resoplido se escapó de los labios de Eric, que sacudió la cabeza. Ya le gustaría conocer algún matrimonio que hubiera sido por amor; desde luego no lo fue el de sus padres, y Dios sabía que tampoco el de Margaret…
Se apartó de la ventana y anduvo por la alfombra de Axminster hacia su escritorio de caoba. Cogió la miniatura de su hermana. Se había hecho pintar el retrato justo antes de que él se incorporara al ejército. “Llévatelo contigo, Eric -le había dicho Margaret con una sonrisa alentadora que no ocultaba la profunda preocupación que se leía en sus ojos oscuros-. De esa forma estaré siempre a tu lado, cuidando de que estés a salvo”.
