
Tiré el diario a un rincón y encendí la TV. Después de la nauseabunda página de sociales, hasta los luchadores que aparecían en la pantalla parecían buenos. Lo cual probablemente era cierto. Sobre todo por la página de sociales.
Podía imaginar la clase de cabaña con dieciocho habitaciones que hiciera juego con algunos de los millones de Potter, sin mencionar las decoraciones de Duhaux, del más nuevo simbolismo subfálico. Pero de ninguna manera podía imaginar a Terry Lennox holgazaneando alrededor de una de las piscinas de natación, con pantalones de baño estampados y telefoneando al criado para que pusiera el champaña al hielo y los faisanes al horno. No había ninguna razón para que pudiera hacerlo. Si el muchacho quería ser el juguete mimado de alguien, no era asunto mío. Simplemente no quería volver a verlo. Pero sabía que lo vería, aunque sólo fuera debido a su maldita maleta de cuero de cerdo con guarniciones de oro.
Un día lluvioso de marzo, a las cinco de la tarde, entró en mi destartalada oficina. Parecía cambiado, más viejo, más sobrio y muy serio, y con una serenidad y una calma que me impresionaron. Parecía un hombre que había aprendido a vivir y a defenderse en la vida. Llevaba un impermeable de color blancuzco y guantes, pero iba sin sombrero y su cabello blanco parecía suave como la seda.
– Vamos a tomar una copa a algún bar tranquilo -dijo, como si nos hubiéramos visto diez minutos antes-. Si dispone de tiempo, por supuesto.
No nos estrechamos la mano. Nunca lo hacíamos. Los ingleses no se dan la mano a cada rato como los norteamericanos, y aunque él no era inglés tenía algunas de sus costumbres.
– Vamos primero a casa a recoger esa maleta suya tan elegante. Me preocupa un poco tenerla -le dije.
Sacudió la cabeza.
– Sería muy amable de su parte si me la guardara.
– ¿Por qué?
– Simplemente, desearía que lo hiciera. ¿Le molesta mucho? Es una especie de vínculo con una época en la que yo no era un desperdicio inútil.
