
– Tonterías -contesté-, pero es asunto suyo.
– Si está preocupado porque piensa que se la pueden robar…
– Eso también es asunto suyo. Vamos a tomar esa copa.
Fuimos al bar Victor. Me llevó en un Jowett Jupiter de capota bastante precaria, bajo la cual sólo había el lugar justo para nosotros dos. El tapizado era de cuero de color claro, y los accesorios parecían de plata. No soy muy exigente con respecto a los autos, pero al ver aquel maldito coche se me hizo un poquito agua la boca. El dijo que podía hacer sesenta y cinco en segunda. Tenía una palanca de velocidad tan pequeña que apenas le llegaba a la rodilla.
– Cuatro velocidades -dijo-. Todavía no han inventa do un cambio automático para estos coches. Pero en realidad no lo necesita. Se puede empezar directamente en tercera, aun subiendo una cuesta, y eso es lo que más se necesita para el tránsito en cualquier circunstancia.
– ¿Regalo de boda?
– Es esa clase de regalos que se hacen acompañados de una frase casual: “Pasaba por ahí y vi este chiche en la vidriera.” Soy un muchacho muy mimado.
– Muy bien -dije, y agregué-: si es que usted no tiene que llevar una etiqueta con su precio.
Me dirigió una mirada rápida y luego clavó la vista en la calle mojada. Los limpiaparabrisas dobles oscilaban suavemente sobre los vidrios.
– ¿Etiqueta con el precio? Todo tiene su precio, compañero. ¿Quizá piensa que no soy feliz?
– Lo siento. Estuve fuera de lugar.
– Soy rico. ¿A quién diablos le importa ser feliz? -En su voz había un tono de amargura nuevo para mí.
– ¿Cómo va con la bebida?
– Perfectamente, viejo. Por alguna razón extraña he podido controlar la cosa. Pero uno nunca puede saber, ¿no le parece?
– Tal vez usted nunca se embriagó en serio.
Estábamos sentados en un rincón del bar Victor bebiendo gimlets.
