
La muchacha, en un encantador arranque de espontaneidad, dijo:
– Tengo una idea maravillosa querido. ¿Por qué no llevas a guardar este cabriolet y sacas tu descapotable? Es una noche maravillosa para un paseo por la costa hasta Montecito. Conozco allí a unos amigos que han organizado un baile junto a una piscina de natación.
El hombre de pelo blanco replicó cortésmente: -Lo siento mucho, pero ya no lo tengo. Me vi obligado a venderlo. -Por el tono de voz y la forma de articular las palabras podría haberse llegado en seguida a la conclusión de que no había bebido nada más alcohólico que jugo de naranjas.
– ¿Lo vendiste, querido? ¿Cómo es posible?
Se apartó de él corriéndose sobre el asiento, pero la voz se alejó mucho más que ella.
– Tuve que hacerlo -expresó él- para poder comer.
– Ah, comprendo.
Si sobre ella hubiera caído en ese momento un helado, no se habría derretido.
El cuidador tenía al joven de cabello blanco en posición cómoda para hacerle frente: era un hombre de ingresos escasos.
– Oiga, amiguito -le dijo-, tengo que sacar un coche. Espero poder atenderlo un poco más en otra oportunidad… tal vez.
Y dejó que la puerta se abriera de golpe. El borracho se deslizó rápidamente y fue a dar con el fundillo en el piso de asfalto. De modo que yo intervine y puse mi granito de arena. Creo que siempre se comete un error cuando se mete uno con un borracho. Aunque lo conozca a uno y simpaticen, es capaz de saltar y pegarle a uno en los dientes. Lo tomé por debajo de los brazos y lo levanté.
