
– Muchísimas gracias -dijo cortésmente.
La muchacha se corrió hacia el volante. -Se vuelve tan inglés cuando está ebrio -apuntó ella con voz de acero inoxidable-. Gracias por haberlo levantado.
– Voy a ponerlo en el asiento de atrás -le ofrecí.
– Lo siento mucho. Tengo un compromiso y se me hace tarde. -Apretó el embrague y el Rolls Royce comenzó a andar. -Es un caso perdido -agregó con fría sonrisa-. Tal vez usted pueda encontrarle una casa donde vivir. Está en bancarrota… más o menos.
Y el Rolls Royce franqueó la salida en dirección al Sunset Boulevard, giró hacia la derecha y desapareció. Me había quedado mirándola, cuando regresó el cuidador. Yo seguía sosteniendo al hombre que ahora se había quedado profundamente dormido.
– Linda manera de resolver el problema -le dije al del uniforme blanco.
– Ya lo creo -asintió él con cinismo-. ¿Por qué va a perder el tiempo con un borracho con las curvas que tiene y todo lo demás?
– ¿Usted conoce a este hombre?
– Oí que la dama lo llamaba Terry. Por lo demás no lo conozco ni por las tapas. Hace sólo dos semanas que estoy aquí.
– ¿Quiere hacer el favor de traerme mi coche? -y le di el número.
Cuando volvió con mi Oldsmobile, me parecía estar sosteniendo una bolsa llena de plomo. El tipo del uniforme blanco me ayudó a colocarlo en el asiento delantero. El cliente abrió un ojo, nos dio las gracias, y siguió durmiendo.
– Es el borracho más cortés que he encontrado en mi vida -dije al del saco blanco.
– Vienen en todas las medidas y formas, y con toda clase de modales -dijo-. Y son todos unos inútiles. Parece que a éste le hicieron cirugía plástica.
– Sí. -Le di un dólar y él me agradeció. Tenía razón en lo referente a la cirugía plástica. El lado derecho de la cara de mi nuevo amigo estaba congelado, blancuzco y cosido con finas y tenues cicatrices. La piel, a lo largo de las cicatrices, tenía apariencia satinada. Un trabajo plástico, y bien drástico por cierto.
