– Todo eso no disculpa nada. -Saqué la pipa y comencé a llenarla.

– Ella está asustada, muy asustada.

– ¿De qué?

– No sé. No hablamos mucho ahora. Quizá tenga miedo del viejo. Harlan Potter es un insensible hijo de perra. Por afuera está cubierto de dignidad victoriana, pero en su interior es tan despiadado como un miembro de la Gestapo. Sylvia es una perdida. El lo sabe y la odia por eso, pero no puede hacer nada más que esperar y vigilar; si Sylvia llega a verse envuelta en algún escándalo mayúsculo, la hará pedazos y luego los enterrará a miles de millas de distancia unos de otros.

– Usted es su marido.

Levantó el vaso vacío y lo golpeó con fuerza sobre el borde de la mesa; lo hizo añicos. El mozo le clavó la vista, pero no dijo nada.

– Así nomás, compañero, así nomás. ¡Oh! Claro que soy su marido. Eso es lo que dice el registro, pero en realidad no peso más que los tres escalones blancos y la gran puerta de color verde y el llamador de bronce con el que se da un golpe largo y dos cortos en la puerta y la criada que lo deja entrar a uno en el prostíbulo de cien dólares.

Me puse de pie y dejé caer unas monedas en la mesa.

– Usted habla demasiado -le dije-, y demasiado de sus cosas. Hasta pronto.

Me dirigí hacia la salida dejándolo allí sentado; pare cía ofendido y se había puesto pálido, al menos es lo que creí ver con la clase de luz tan tenue que tienen esos bares. Me gritó algo mientras me alejaba, pero yo seguí andando.

Diez minutos después lamenté haberlo hecho, pero ya estaba en otro lugar. No volvió más a mi oficina, ni una sola vez. Le había tocado donde dolía.

Durante un mes no lo volví a ver. Cuando lo hice eran las cinco de la mañana y apenas empezaba a clarear. La llamada persistente del timbre de la puerta me sacó de la cama. Atravesé a tientas el vestíbulo y el living y abrí la puerta. Allí estaba de pie, con el aspecto de quien no ha dormido durante una semana. Llevaba un sobretodo liviano con el cuello levantado y me pareció que tiritaba. Tenía un sombrero de fieltro oscuro echado sobre los ojos.



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