– ¿Y eso es malo? -le pregunté.

– Es muy interesante, pero es una emoción impura… impura en el sentido estético. No estoy despreciando al sexo. Es necesario y no tiene por qué ser desagradable. Pero siempre hay que manejarlo con prudencia. Transformarlo en algo maravilloso es empresa de millones de dólares, y cuesta cada centavo de esos millones.

Miró a su alrededor y bostezó.

– No he dormido muy bien. Se está cómodo aquí. Pero dentro de un rato esto se llenará de borrachos que hablarán en voz alta, se reirán y las mujeres malditas empezarán a hacer señas con las manos, visajes con la cara y harán retintinear sus malditas pulseras y se maquillarán con esos hechizos envasados que proporcionan fascinación especial por un momento, pero que ya avanzada la noche adquieren un olor a transpiración leve pero inconfundible.

– Tómelo con calma -le dije-. No son más que seres humanos que transpiran, se ensucian y tienen que ir al baño. ¿Qué es lo que usted esperaba… mariposas doradas revoloteando en una nube color de rosa?

Vació su copa y la sostuvo boca abajo, se quedó observando cómo se formaba una gotita en el borde, que tembló un instante y luego cayó sobre la mesa.

– A ella le tengo lástima -dijo Terry lentamente-. Es una verdadera ramera. Puede ser que en cierto sentido le tenga cariño. Algún día me necesitará y yo seré el único tipo que esté a su lado y que no la haya engañado. No sería extraño que entonces me fuese y la abandonase.

Me quedé mirándolo sin decir nada y al cabo de un momento dije:

– No hace bien al venderse en esa forma.

– Sí, ya sé. Soy débil de carácter; no tengo agallas ni ambición. Cogí el anillo de bronce y me asombré cuando comprobé que no era de oro. Un tipo como yo tiene en su vida un solo momento grande, realiza una sola vuelta perfecta en el trapecio más alto y después se pasa el resto del tiempo tratando de no caer de la acera a la alcantarilla.



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