
– Creo que sentía una especie de vaga obligación de quedarme a su lado, tenía la idea de que ella podría necesitarme para algo más que para hacer frente al viejo e impedirle que metiera la nariz en todos lados y curioseara demasiado. A propósito, traté de llamarlo a medianoche.
– Tengo un sueño profundo. No oí nada.
– Entonces me fui a uno de esos baños turcos. Me quedé un par de horas, tomé un baño de vapor, uno de inmersión, una ducha escocesa, un masaje e hice un par de llamadas telefónicas. Dejé el coche en La Brea y Fountain, y de ahí me vine caminando. Nadie me vio tomar por esta calle.
– ¿Esas llamadas me conciernen?
– Una fue para Harlan Potter. El viejo viajó ayer en avión a Pasadena por algún asunto de negocios. No estaba en su casa y me costó mucho trabajo localizarlo, pero al fin hablé con él. Le dije que lo sentía, pero que me iba.
Mientras me hablaba miraba de soslayo hacia la ventana que daba a la piscina, como si observara los arbustos que rozaban las persianas.
– ¿Cómo lo tomó?
– Dijo que lo lamentaba. Me deseó buena suerte. Me preguntó si necesitaba dinero. -Terry rió amargamente-. Dinero. Esas son las primeras seis letras de su alfabeto. Le dije que me sobraba. Después llamé a la hermana de Sylvia. Más o menos se repitió la misma historia. Eso es todo.
– Quiero hacerle una pregunta -le dije-. ¿Alguna vez la encontró con un hombre en esa casa de huéspedes?
El sacudió la cabeza.
