– Óigame -dijo Terry-, será mediodía o tal vez más tarde antes de que alguien llame a la puerta. La mucama sabe muy bien que no tiene que molestarla cuando duerme hasta tarde. Pero alrededor del mediodía la mucama golpeará la puerta y entrará. Ella no estará en su cuarto.

Yo seguí tomando el café a sorbos y no dije nada.

– La mucama se dará cuenta de que no se acostó en la cama -prosiguió Terry-. Entonces la buscará en otro lugar. Hay un gran pabellón de huéspedes bastante alejado del edificio principal. Tiene su propio camino, garaje y todo lo demás. Sylvia pasó la noche allí. La mucama la encontrará finalmente.

Fruncí el ceño.

– Tengo que tener mucho cuidado con las preguntas que le hago, Terry. ¿No pudo haber pasado la noche fuera de la casa?

– Su ropa está tirada por todo el cuarto. Nunca cuelga nada. La mucama se dará cuenta de que se puso el salto de cama encima del pijama y que salió en esta forma. De modo que sólo pudo haber ido al pabellón de huéspedes.

– No necesariamente -contesté.

– Sólo pudo haber ido al pabellón de huéspedes. ¡Diablos! ¿Usted cree que no se sabe lo que pasa allí? Los sirvientes siempre saben.

– Sigamos -dije.

Se pasó un dedo con tanta fuerza por la mejilla sana que dejó marcada una línea roja.

– Y en el pabellón de huéspedes -prosiguió lentamente-, la doncella encontrará…

– A Sylvia borracha perdida, insensible, helada hasta la médula de los huesos -dije con voz ronca.

– ¡Oh! -Reflexionó un momento y agregó-: Por su puesto; eso es lo que pasará. Sylvia no es una borrachina cualquiera. Cuando se pasa al otro lado lo hace en forma drástica.

– Este es el fin de la historia, o casi.



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