Sólo merecía el dolor que su madre le causaba. Lo sabía, pero aún así se preguntaba por qué tenía que doler tanto, por qué su madre se enfadaba siempre tanto con ella, qué había hecho para que la odiaran de ese modo… Y comprendió que no tenía la respuesta y que nadie podía rescatarla. Ni siquiera su padre. Meredith era cuanto poseía en este mundo, su única amiga. No tenía abuelos, ni tíos, ni amigos ni primos. No le permitían jugar con otros niños, probablemente porque era muy mala. Y en cualquier caso, seguro que los niños la despreciarían. ¿Cómo podía gustar Gabriella a alguien si no gustaba siquiera a sus padres, si era una niña tan mala? Sabía que no podía contar a nadie lo que le hacían porque con eso confirmaría lo mala que era, y cuando en el colegio le preguntaban sobre sus morados, ella explicaba que se había caído por las escaleras o que había tropezado con el perro, aunque no tenían perro. Sabía que debía guardar el secreto o de lo contrario la gente se enteraría de lo malvada que era, y ella no quería eso.

También sabía que la culpa no era de sus padres. La culpa era suya, por ser tan mala, por cometer tantos errores, por hacer enfadar a su madre. Ella era la culpable. Y allí, tumbada en la cama y abrazando a su muñeca, oyó a sus padres. Estaban gritando, como siempre, y Gabriella sabía que también eso era culpa suya. Nunca alcanzaba entender lo que su padre decía, pero probablemente hablaba de ella, de lo mala que era. Gabriella hacía que se pelearan, que se enfadaran. Hacía infeliz a todo el mundo.

Poco a poco, entre lágrimas, fue quedándose dormida, sin cenar, con la mejilla dolorida y el muslo palpitante. Intentó pensar en otros lugares: en un jardín, en un parque lleno de gente feliz, niños que reían y querían que Gabriella jugara con ellos, una mujer alta y hermosa se acercaba, le tendía los brazos y le decía que la quería… Era la sensación más maravillosa del mundo, y todo lo demás se desvaneció. Gabriella se durmió abrazada a su muñeca.



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