
Y esa tarde de verano, cuando su madre la levantó del suelo y le dio otra bofetada antes de enviarla a su cuarto, Gabriella vio a su padre en la puerta. Sabía que había presenciado la paliza y que, como siempre, no había hecho nada para evitarlo. John tenía expresión lúgubre y cuando Gabriella pasó por su lado, en lugar de consolarla o acariciarla, desvió la vista. No podía soportar la mirada de su hija.
– ¡Vete a tu cuarto y no te muevas de allí!
Las palabras de Eloise retumbaron en los oídos de Gabriella mientras subía lentamente las escaleras palpándose la mejilla. Sabía que era una niña mayor y que las cosas que hacía eran terribles. Y nada más cerrar la puerta de su habitación, e le escapó un sollozo y corrió hacia la cama para abrazar a su muñeca. Era el único juguete que su madre le permitía tener. Su abuela paterna se la había regalado antes de morir. Era rubia y tenía los ojos y las pestañas grandes y azules, y la quería muchísimo. Se llamaba Meredith y era su única aliada. Gabriella estaba ahora meciéndose en la cama, aferrada a su muñeca, preguntándose por qué su madre le pegaba con tanta saña, por qué era una niña tan horrible, pero de pronto recordó la mirada de su padre. Parecía muy decepcionado, como si hubiese esperado algo mejor que ese pequeño monstruo que, según su madre, tenía por hija. Y Gabriella le creía. Todo lo hacía mal. Por mucho que se esforzaba no había manera de complacerles, de detener lo inevitable, de escapar… Y entonces comprendió que siempre sería así. Nunca conseguiría ser lo bastante buena, nunca conquistaría el corazón de sus padres. Siempre supo que no la querían y que no merecía ser amada.
