
– Si lo que pretendes es hacerme sentir culpable, ahórrate la molestia. Sé lo que me hago.
– ¿De veras? Le das una paliza casi diaria. ¿Es eso lo que tenías previsto para ella?
Horrorizado, John apuró el vaso y empezó a notar el efecto de su cuarto martini. A veces necesitaba más para olvidar las cosas que Eloise hacía.
– Es una niña muy difícil, John. Hay que darle una lección.
– Estoy seguro de que nunca olvidará tus lecciones -dijo John con la mirada vidriosa.
– Eso espero. No es bueno mimar a los niños. Gabriella sabe que tengo razón y nunca protesta cuando la castigo. Sabe que se lo merece.
– Está demasiado asustada para protestar. Probablemente tiene miedo de que la mates si dice algo o intenta resistirse.
– Cielo santo, hablas de mí como si fuera una asesina.
Eloise cruzó sus esbeltas piernas, pero hacía años que John no sentía atracción por ella. La detestaba por lo que le hacía a Gabriella, pero no lo suficiente para detenerla o abandonarla. Le faltaban agallas y estaba empezando a detestarse por ello.
– Dentro de unos años deberíamos enviarla a un internado para que no tenga que soportarnos. Se lo merece.
– Primero se merece que la eduquemos como es debido.
– ¿Es así como lo llamas? ¿Educación? ¿Viste el moretón que tenía en la mejilla cuando subió a su cuarto?
– Mañana habrá desaparecido -repuso Eloise con calma.
John sabía que tenía razón, pero odiaba reconocerlo. Eloise siempre sabía la fuerza que debía utilizar para que los cardenales no aparecieran en las zonas descubiertas del cuerpo de Gabriella. Las señales de los brazos y las piernas eran otra historia.
– Eres una zorra despreciable y estás enferma -le espetó John antes de dirigirse al dormitorio haciendo eses.
Lo era, pero él no podía hacer nada al respecto. Y por el camino se detuvo en el cuarto de su hija.
