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Los invitados empezaron a llegar a la residencia de la calle 69 Este poco después de las ocho. Algunos eran personajes conocidos. Había un príncipe ruso con una chica inglesa y las compañeras de bridge de Eloise, y el director del banco donde trabajaba John había venido con su mujer camareros de esmoquin ofrecían copas de champán en bandejas de plata a los invitados que iban llegando. Gabriella, entretanto, les observaba desde lo alto de la escalera. Le encantaba ver llegar a los invitados a las fiestas que organizaban sus padres.
Su madre estaba preciosa con su vestido de raso negro y su padre se veía elegantísimo con su esmoquin. Los vestidos de las mujeres refulgían en el vestíbulo y sus joyas emitían destellos bajo la luz de las velas. Luego desaparecían atraídas por la música y las voces. A Eloise y John les encantaba ofrecer fiestas. Ahora eran menos frecuentes, pero todavía les gustaba divertirse a todo lujo de tanto en tanto. Gabriella adoraba ver la llegada de los invitados y tumbarse luego en la cama para escuchar la música.
Era septiembre, el comienzo de la temporada social de Nueva York, y Gabriella acababa de cumplir siete años.
