Reinaba el silencio y la cama parecía vacía, pero cuando se acercó sigilosamente vio un pequeño bulto en un extremo y supo que era Gabriella. Siempre dormía de ese modo, oculta en el fondo de la cama para que su madre no la encontrara cuando iba a buscarla. Los ojos de John se llenaron de lágrimas al contemplar el cuerpecito maltratado y asustado de su hija. Ni siquiera e atrevió a trasladarla hasta la almohada vacía. Con ello sólo conseguiría exponerla a la ira de Eloise si entraba. La dejó donde estaba, sola y aparentemente olvidada, y se fue a su habitación mientras meditaba acerca de lo injusta que era la vida y de la desgracia que había recaído sobre su hija. Con todo, sabía que no podía hacer nada para salvarla. A su manera, ante su esposa se sentía tan impotente como Gabriella. Y se detestaba por ello.

2.-

Los invitados empezaron a llegar a la residencia de la calle 69 Este poco después de las ocho. Algunos eran personajes conocidos. Había un príncipe ruso con una chica inglesa y las compañeras de bridge de Eloise, y el director del banco donde trabajaba John había venido con su mujer camareros de esmoquin ofrecían copas de champán en bandejas de plata a los invitados que iban llegando. Gabriella, entretanto, les observaba desde lo alto de la escalera. Le encantaba ver llegar a los invitados a las fiestas que organizaban sus padres.

Su madre estaba preciosa con su vestido de raso negro y su padre se veía elegantísimo con su esmoquin. Los vestidos de las mujeres refulgían en el vestíbulo y sus joyas emitían destellos bajo la luz de las velas. Luego desaparecían atraídas por la música y las voces. A Eloise y John les encantaba ofrecer fiestas. Ahora eran menos frecuentes, pero todavía les gustaba divertirse a todo lujo de tanto en tanto. Gabriella adoraba ver la llegada de los invitados y tumbarse luego en la cama para escuchar la música.

Era septiembre, el comienzo de la temporada social de Nueva York, y Gabriella acababa de cumplir siete años.



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