
Sin decir palabra, Eloise subió cual mensajero del diablo. Lucía un ajustado vestido de raso negro que realzaba su espectacular figura, unos pendientes alargados de diamantes y un collar también de diamantes. Pero a diferencia de Marianne, a quien el vestido y las joyas la envolvían con un halo de luz y dulzura, el atuendo de su madre acentuaba su dureza y le daba un aspecto terrorífico.
– ¿Qué haces aquí? -le espetó Eloise con auténtica virulencia-. Te dije que no salieras de tu cuarto.
– Lo siento, sólo…
Su comportamiento no tenía excusa, y todavía menos el hecho de haber atraído a Marianne hasta allí haberse probado su diadema, pero afortunadamente su madre ignoraba esto último.
– No mientas, Gabriella -replicó Eloise, estrujándole el brazo con fuerza-. ¡Será mejor que no hables! -la arrastró por el pasillo para evitar las miradas de los invitados. Si alguno hubiese visto lo que estaba ocurriendo, se habría quedado espantado-. Si haces un solo ruido, pequeño monstruo, te arranco el brazo.
Gabriella sabía que su madre no bromeaba. Con siete años había aprendido que siempre cumplía los castigos que prometía. Era una de las cosas en que Eloise nunca decepcionaba.
Los pies de Gabriella apenas tocaban el suelo cuando su madre la arrastró hacia el cuarto y la metió de un empujón. Gabriella cayó al suelo y se torció el tobillo, pero sabía que más le valía no quejarse.
