
Transcurrió otra hora antes de que llegaran los últimos invitados, y ninguno de ellos reparó en Gabriella. Sonrientes y charlatanes, dejaban sus abrigos al entrar, cogían su copa de champán y se dirigían al salón para reunirse con los demás invitados. Eran más de las cien y Gabriella sabía que su madre no subiría a verla. Daba por sentado que estaba en la cama. A sus padres no se les ocurría que pudiera estar espiando a los invitados desde lo alto de la escalera.
– No te muevas de la cama. No respires siquiera -habían sido las últimas palabras de su madre.
Pero la magia que tenía lugar abajo era demasido tentadora para Gabriella. Le habría gustado bajar y comer algo. Cuando llegaron los últimos invitados estaba hambrienta. En la cocina había mucha comida tatas, pasteles, bombones, galletas. Por la tarde había visto cómo preparaban un enorme jamón, un tajo redondo y un pavo. Como siempre, había caviar, pero a Gabriella no le gustaba. Sabía demasiado a pescado y en cualquier caso su madre tampoco le dejaba comerlo. Tenía prohibido tocar la comida que se servía en las fiestas. Gabriella, no obstante, habría dado cualquier cosa por un pastelito. Había relámpagos de chocolate, tarteletas de fresa y petisús, su dulce favorito. Pero todo el mundo andaba tan ocupado que habían olvidado darle de cenar. Y no era una buena idea pedirle a su madre algo de comida cuando se estaba preparando para una fiesta. Eloise e había pasado horas en el lavabo bañándose, arreglándose el pelo y maquillándose. No tenía tiempo para pensar en la niña y Gabriella sabía que más le valía pasar desapercibida. Su madre se ponía muy nerviosa antes de las fiestas.
La música sonaba con má fuerza.
