Se duchó y afeitó. La cara que veía en el espejo lucía un leve bronceado. El sol pronunciaba las pequeñas arrugas que tenía alrededor de los ojos. Sabía que no podría dormir.

La rápida inoculación de savia nueva en el departamento de investigación, agentes más jóvenes, serios y mejor preparados, había suscitado cierto resentimiento entre los veteranos, lo que hacía comprensible su satisfacción cuando cambió el turno de ocho semanas y entró en servicio el equipo B, coincidiendo con el primer caso de Caffery.

Veinticuatro horas de servicio siete días a la semana. Noches en vela: irrumpir directamente en el caso sin tiempo ni para afeitarse. No le pillaba en su mejor momento. Y por todos los indicios parecía de los complicados.

No lo dificultaba únicamente el lugar en que habían descubierto el cadáver ni la ausencia de testigos. Con la luz del amanecer habían visto las oscuras cicatrices ulceradas de las agujas.

Mientras estaba en el cuarto de baño, Caffery intentó no pensar en lo que el asesino había hecho en los pechos de la víctima. Se secó el pelo con una toalla y sacudió la cabeza. Deja de pensar en todo esto, no permitas que te obsesione, se dijo. Maddox tenía razón: necesitaba descansar.


Estaba en la cocina sirviéndose un whisky cuando sonó el timbre de la puerta.

– ¡Soy yo! -gritó Verónica por la ranura del buzón-. Hubiera telefoneado pero olvidé el móvil en casa.

Abrió la puerta. Llevaba un traje de lino crema y gafas de Armani. Sostenía varias bolsas de tiendas de Chelsea. Su descapotable, un Tigra rojo, estaba aparcado en el camino del jardín bajo la luz del atardecer. Caffery vio que sostenía las llaves de la puerta, como si hubiese estado a punto de abrirla.

– Hola, princesa -dijo, inclinándose para besarla-. ¡Mmm!

Ella cogió su mano y le hizo retroceder para observar su leve bronceado, sus tejanos y sus pies descalzos. Sujetaba una botella de whisky en la otra mano.



6 из 296