– Es aquí. -Se dirigió a Caffery-. ¿La ve? Ahí, de espaldas.

– ¿Dónde?

– ¿Ve ese bidón de aceite? -dijo al alumbrarlo con la linterna.

– Sí.

– Mire hacia abajo en esa dirección.

– ¡Joder!

– ¿La ve ahora?

– Sí -respondió, intentando conservar el equilibrio-. Claro que la veo.

¿Acaso eso era un cuerpo? Creyó que se trataba de un montón de espuma expandiéndose, algo amarillo y brillante que parecía salido de un aerosol. Luego vio pelo y dientes. Y reconoció la forma de un brazo. Por fin, inclinando la cabeza, comprendió qué era aquello que estaba viendo.

– ¡Por el amor de Dios! -exclamó Maddox-. ¡Tapadla!

CAPÍTULO 2

Al amanecer, cuando el sol ya había disipado la niebla del río, todos los que habían visto el cuerpo a la luz del día sabían que no se trataba de una novatada de estudiantes de medicina. El patólogo forense, Harsha Krishnamurti, llegó y estuvo una hora dentro de la blanca tienda que cubría el cadáver. Se dio instrucciones precisas a un equipo experto en huellas y, a las doce del mediodía, se extrajo el cuerpo del hormigón.

Caffery encontró a Maddox en el asiento delantero del Sierra del equipo B.

– ¿Estás bien?

– Aquí sobramos, tío. Dejemos que Krishnamurti tome el relevo.

– Si lo prefieres, vete a casa y échate un rato.

– ¿Y tú?

– Yo me quedaré un rato más.

– No, Jack. Tú también te vas. si quieres entrenarte para el insomnio ya lo conseguirás en los próximos días. Créeme.

Caffery levantó las manos.

– De acuerdo. Lo que usted diga, señor.

– Así me gusta.

– Pero no podré dormir.

– Me parece bien. -Señaló el baqueteado y viejo Jaguar de Caffery-. Vete a casa y finge dormir.


Cuando llegó a casa, Caffery no podía desprenderse de la imagen de aquel cuerpo amarillento.

A la luz del amanecer parecía aún más grotesco de lo que le había parecido por la noche. Sus uñas, mordidas y pintadas de azul claro, clavadas en las tumefactas palmas de las manos.



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