
Se incorporó del suelo y enrolló la estera mientras aspiraba el aroma del té con el que su madre perfumaba la casa. Al entrar en la estancia principal, la saludó con una inclinación de la cabeza y ella le respondió ocultando una sonrisa que él descubrió y le devolvió. Adoraba a su madre casi tanto como a su hermana pequeña, Tercera. Sus otras dos hermanas, Primera y Segunda, habían fallecido de niñas debido a un mal de familia. Tercera, aunque enferma, era la única que quedaba.
Antes de probar bocado se dirigió al pequeño altar que habían erigido junto a una ventana en memoria de su abuelo. Abrió los postigos e inspiró con fuerza. Afuera, los primeros rayos de sol se filtraban tímidamente entre la niebla. El viento meció los crisantemos colocados en el jarrón de las ofrendas y avivó las volutas de incienso que ascendían por la sala. Cí cerró los ojos para recitar una plegaria, pero a su mente sólo acudió un pensamiento: «Espíritus de los cielos: permitidnos regresar a Lin’an».
Recordó los días en los que sus abuelos aún vivían. En aquel entonces, el poblacho era su paraíso, y su hermano Lu, el héroe que cualquier niño habría querido imitar. Lu era como el gran guerrero de los cuentos que narraba su padre, siempre dispuesto a defenderlo cuando otros críos intentaban robarle su ración de fruta o a ahuyentar a los desvergonzados que pretendieran propasarse con sus hermanas. Lu le había enseñado a pelear empleando los pies y las manos de tal modo que sus rivales se viesen desbordados, le había llevado al río para chapotear entre las barcas y a pescar carpas y truchas que luego llevaban a casa con gran algarabía y le había mostrado dónde estaban los mejores escondites para espiar a las vecinas. Pero, con la edad, Lu se fue tornando vanidoso. Cuando cumplió los quince años, su fortaleza se convirtió en un alardeo constante, pareja a su menosprecio por cualquier otra habilidad que no fuese la de salir vencedor de una pelea.
