
Pese a todo, hasta aquel momento, Lu nunca se había metido en líos, más allá de aparecer con los ojos morados tras alguna pelea o emplear el búfalo comunitario para apostar en las carreras de agua. Pero cuando su padre anunció su intención de trasladarse a la capital, Lin’an, Lu se negó en redondo. Ya había cumplido los dieciséis, era feliz en el campo y no pensaba moverse del pueblo. Alegó que en la aldea disponía de cuanto precisaba: el arrozal, su grupo de bravucones y dos o tres prostitutas de los alrededores que le reían las gracias, y aunque su padre amenazó con repudiarle, no se dejó intimidar. Aquel año se separaron. Lu se quedó en el pueblo y el resto de la familia emigró a la capital en busca de un futuro mejor.
Los primeros tiempos en Lin’an resultaron arduos para Cí. Cada mañana se levantaba al alba para comprobar el estado de su hermana, le preparaba el desayuno y cuidaba de ella hasta que su madre regresaba del mercado. Luego, tras atragantarse con un tazón de arroz, acudía a la escuela, en la que permanecía hasta mediodía, momento en el que corría al matadero donde trabajaba su padre para ayudarle el resto de la jornada a cambio de las vísceras que quedaban esparcidas por los suelos. Por la noche, después de limpiar en la cocina y cumplimentar con una oración a sus ancestros, aprovechaba para repasar los tratados confucianos que debía recitar a la mañana siguiente en la escuela. Así, mes tras mes, hasta el día en que su padre logró un empleo de contable en la prefectura de Lin’an, bajo las órdenes del juez Feng, uno de los magistrados más sagaces de la capital.
