
A su vuelta, Cí encontró a su hermano Lu cambiado. Vivía en una casa nueva que había construido con sus propias manos, había adquirido una parcela y tenía a su servicio a varios jornaleros. Cuando, forzado por las circunstancias, su padre llamó a la puerta, Lu le obligó a disculparse antes de dejarle entrar y le dejó una habitación pequeña en vez de cederle la suya. A Cí le trató con la indiferencia de siempre, pero cuando comprobó que ya no le seguía como un perro sumiso y que su único interés se centraba en los libros, le hizo acreedor de todas sus iras. En el campo era donde se demostraba el auténtico valor de un hombre. Allí, ni los textos ni los estudios le proporcionarían arroz ni peones. Para Lu, su hermano menor tan sólo era un inútil de veinte años al que habría de alimentar. Y a partir de ese instante, la vida de Cí se convirtió en un devenir de desplantes que le condujeron a odiar aquel pueblo.
Una ráfaga de viento fresco devolvió a Cí al presente.
De vuelta a la sala se topó con Lu, quien sorbía ruidosamente un trago de té junto a su madre. Al verle, éste escupió al suelo y dejó caer de mala manera el tazón sobre la mesa. Luego, sin aguardar a que su padre se levantara, agarró el hatillo y se marchó sin decir palabra.
– Debería aprender modales -masculló Cí mientras recogía con un paño el té que su hermano acababa de derramar.
– Y tú deberías aprender a respetarle, que para eso vivimos en su casa -replicó su madre sin levantar la vista del fuego-. Un hogar fuerte…
«Sí. Un hogar fuerte es el que sostiene un padre valiente, una madre prudente, un hijo obediente y un hermano complaciente». No necesitaba que nadie se lo repitiera. Ya se encargaba Lu de recordárselo cada mañana.
Aunque no era su cometido, Cí extendió los manteles de bambú y dispuso los cuencos sobre la mesa. Tercera había empeorado de la enfermedad que aquejaba su pecho y a él no le importaba realizar las tareas que le correspondían a su hermana.
