A partir de aquel instante, las cosas empezaron a mejorar. Los ingresos familiares aumentaron y Cí pudo abandonar el matadero para dedicarse por completo a sus estudios. Tras cuatro años en la escuela superior, y merced a sus excelentes calificaciones, Cí logró un puesto de ayudante en el negociado de Feng. Al principio se ocupaba de tareas burocráticas sencillas, pero su dedicación y esmero llamaron la atención del juez, el cual encontró en aquel muchacho de diecisiete años alguien a quien instruir a su imagen y semejanza.

Cí no le defraudó. Con el transcurso de los meses, pasó de desempeñar tareas rutinarias a colaborar en la toma de declaraciones, a presenciar los interrogatorios de los sospechosos y a asistir a los técnicos en la preparación y limpieza de los cadáveres que, en función de las circunstancias de los decesos, debía examinar Feng. Poco a poco, su esmero y su destreza resultaron imprescindibles para el juez, que no dudó en otorgarle más responsabilidades. Finalmente, Cí acabó ayudándole en la investigación de crímenes y litigios, labores que le permitieron descubrir los fundamentos de la práctica legal al tiempo que adquiría rudimentarias nociones de anatomía.

Durante su segundo año en la universidad, y animado por Feng, Cí asistió a un curso preparatorio de medicina. Según el magistrado, eran numerosas las ocasiones en las que las pruebas que podían delatar un crimen permanecían ocultas en las heridas, y para descubrirlas era preciso conocerlas y estudiarlas, no como un juez, sino como un cirujano.

Todo continuó así hasta que una noche su abuelo enfermó repentinamente y falleció. Tras el funeral, y como mandaban los rituales del luto, su padre hubo de renunciar al puesto de contable y a la vivienda que había disfrutado en usufructo, de modo que, sin trabajo y sin hogar, y en contra de los deseos de Cí, toda la familia se vio obligada a regresar a la aldea.



4 из 540