
Llevaba un traje verde oscuro y un sombrero de Philip Treacy, un minúsculo rectángulo de terciopelo negro, rematado con unas hilachas de algo que podría ser algodón de azúcar.
– ¿Qué te pasa? -le dijo ella-. Tienes una pinta horrible.
– Es por este lugar.
Ella miró en derredor con el ceño fruncido. Fue quien sugirió que tomara prestado el despacho, pues su padre era el dueño del edificio.
– ¿Y qué le pasa a este lugar?
No quiso él reconocer que le producía miedo estar a casi cuarenta pisos por encima de la calle.
– Es demasiado impersonal. No sé si podré escribir aquí.
– Podrías trabajar en el apartamento.
– Ya sabes que en casa no soy capaz de escribir.
Ella posó en él sus ojos verdigrises.
– ¿Es por la casa? -el silencio que siguió a su pregunta fue un abismo al que ambos se asomaron un momento antes de dar un rápido paso atrás-. También podrías marcharte a Silver Barn -Silver Barn era la casa que tenían, o que más bien poseía ella, en Long Island-. El estudio está preparado. Aquello es tranquilo, no te molestaría nadie -él torció el gesto-. En fin -añadió tensando los labios-; si no puedes trabajar aquí, al menos podrás llevarme a comer a algún sitio.
Echaron a caminar por la Calle 44 y Glass por fin pudo encender un cigarro.
