
– Tengo que ponerme a pensar en ello, tengo que organizarme bien, ver qué prioridades tenemos. Ya hablaremos a su debido tiempo.
Glass ya tenía la puerta abierta. El aire estancado del pasillo olía ligeramente a goma quemada.
– También tengo que ponerme a pensar en ti… un poco más a fondo -dijo Riley con una carcajada repentina y amarga-. Hace tiempo me gustaba leer tus cosas, ¿sabes? Lo que publicabas en el Guardian, en Rolling Stone, en la New York Review. Y ahora resulta que te has puesto a escribir la vida del Gran Bill Mulholland -infló los carrillos y expulsó el aire con un ruidito explosivo-. Caramba, qué cosas hay que ver -dijo, y se dio la vuelta.
Glass cerró la puerta y se dirigió a su mesa. Cuando la alcanzó, como si obedeciese a una señal, sonó el teléfono.
– Llamo de Seguridad, señor Glass. Ha llegado su señora.
Durante un instante Glass no dijo nada. Tocó el sillón que había ocupado Dylan Riley, y que volvió a emitir su nimia, inapreciable protesta: iik, iik. El joven había dejado un olor muy nítido en el aire, un rastro grisáceo, fétido.
¡Un lémur! Ése era el animal al que le había recordado Dylan Riley. Claro que sí. Un lémur.
– Dígale que suba -dijo John Glass.
2. Louise
Louise Glass tenía cuarenta y ocho años, pero aparentaba treinta. Era alta y delgada, y pelirroja, aunque de un tiempo a esta parte el tinte rojizo y el brillo de su melena eran producto de la cosmética. Tenía la piel pálida, punto menos que traslúcida, y las facciones marcadas de su rostro resultaban deliciosas desde ciertos ángulos, aunque desde otros producían una áspera fascinación. Glass volvió a reconocer para sus adentros, por enésima vez, que era una mujer espléndida, y él ya no la amaba.
