– De todos modos… -dijo Glass, y trazó con la mano derecha un amplio arco sobre la superficie de la mesa, como si quisiera apartar la cuestión, y el gesto le hizo pensar en Richard Nixon, en el presidente al que tan sudoroso se vio en directo, en el telediario de la noche, tantos años antes, insistiendo en que no era un sinvergüenza. La iluminación de aquel plató de televisión era tan cruda, en aquellos tiempos de paranoia y perpetua recriminación, que bastaba para que todo el que compareciera ante la cámara remedase un villano de una antigua película en Eastmancolor-. De todos modos… creo que debería decirte -añadió- que el señor Mulholland no te prestará ninguna ayuda. Y no quiero que se te ocurra ni por asomo abordarlo a él para recabar información. No le llames, no le escribas. ¿Entendido?

Riley esbozó una sonrisilla de suficiencia, que le dio un aire aún más parecido a… ¿a qué podía ser? ¿Una ardilla? No, pero casi. No, no era eso.

– No le habrás dicho nada, ¿verdad? -dijo Riley-. Quiero decir, no le habrás dicho nada de mí, espero…

Glass no hizo ningún caso.

– No te estoy pidiendo que te pongas a escarbar en la mierda, -dijo-. No cuento con que el señor Mulholland guarde celosamente secretos y culpas. Era un agente secreto, desde luego, pero no ha sido un granuja, lo digo por si acaso se te ha ocurrido pensar que lo fuera.

– No -dijo Riley-. A fin de cuentas, se trata de tu suegro, claro.

Glass volvía a respirar trabajosamente, jadeando.

– Eso es algo de lo que me gustaría que te olvidaras cuanto antes -dijo-… si es que vas a llevar a cabo alguna de tus investigaciones -volvió a recostarse en el sillón y estudió al joven-. ¿Cómo piensas proceder? Me refiero a tus investigaciones, claro está…

Riley entrelazó unos dedos largos y pálidos sobre la concavidad del abdomen, y esta vez se meció ligeramente sobre el sillón giratorio, con lo que el mecanismo de bola del respaldo emitió un chirrido inapreciable, iik, iik.



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