– Bueno -dijo Riley con su sonrisilla-, pues digamos que voy bastante más allá de donde llega la Wikipedia.

– Claro que recurrirás… a los ordenadores y todo eso, digo yo… -Glass ni siquiera era dueño de un teléfono móvil.

– Ah, claro. Los ordenadores, cómo no -dijo Riley, y abrió más los ojos, con lo que se le pusieron desmesurados, más redondos y más grandes de lo que ya los tenía-. Y toda clase de aparatejos de magia, tantos y tan sofisticados que no creo que ni siquiera te los puedas imaginar.

Glass se preguntó si acaso hablaba con un ligero acento británico. ¿O tal vez había pensado Riley que él era inglés? De cualquier modo, tanto daba.

Imaginó que encendía un cigarrillo: vio prender la cerilla, notó el delicioso y penetrante gusto sulfúrico, la aspereza del humo que le arañaría entonces la garganta.

– Hay una cosa que quiero preguntarte -dijo Riley, y adelantó su cabeza de alcornoque, casi enana, sobre el tallo que tenía por cuello-. ¿Por qué has accedido a hacer esto?

– ¿A hacer qué?

– Escribir la biografía del Gran Bill.

– No creo que eso sea asunto tuyo -dijo Glass tajantemente. Miró por la cristalera la neblina, la lluvia. Se había mudado de Dublín a Nueva York tan sólo seis meses antes con la idea de quedarse por tiempo indefinido; tenía un apartamento en Central Park West y una casa en Long Island, o más bien era su esposa quien tenía ambas propiedades; sin embargo, aún no había logrado acostumbrarse a lo que en su fuero interno consideraba la «burla neoyorquina». El que tiene un puesto en la esquina y que vende perritos calientes te dice «gracias, tío», y se las ingenia para que algo tan sencillo suene alegremente despectivo. ¿Cómo lograban ajustarse las cuentas los unos con los otros de una forma tan peculiar, siempre socarrona, en el fondo discutidora, y siempre igual?

– Dime -dijo- qué es lo que sabes del señor Mulholland.



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