Se inventó una rutina e intentó ceñirse a ella todo lo posible, porque, en parte, creía que el destino de su madre estaba unido a las acciones que él realizaba. Siempre se levantaba de la cama poniendo primero el pie izquierdo en el suelo y después el derecho. Siempre contaba hasta veinte cuando se cepillaba los dientes y siempre paraba al terminar la cuenta. Siempre tocaba los grifos del cuarto de baño y los pomos de las puertas un número concreto de veces: los números impares eran malos, pero los pares estaban bien; dos, cuatro y ocho eran los mejores, aunque no le gustaba el seis, porque el seis era dos veces tres, tres era la segunda parte de trece, y trece era un número realmente malo.

Si se golpeaba la cabeza contra algo, lo hacía de nuevo para que el número de veces fuera par, y, a veces, lo hacía una y otra vez, porque su cabeza parecía rebotar en la pared y arruinarle la cuenta o el pelo rozaba la superficie cuando no debía, hasta que la cabeza le dolía del esfuerzo, y se sentía mareado y enfermo. Durante todo un año, en la peor época de la enfermedad de su madre, lo primero que hacía por la mañana era llevar ciertos objetos del dormitorio a la cocina, y lo último que hacía por la noche era devolverlos al dormitorio: se trataba de un pequeño ejemplar de los cuentos escogidos de Grimm y un tebeo Magnet manoseado. El libro tenía que estar perfectamente colocado en el centro del tebeo, y los bordes de ambos debían estar alineados en la esquina de la alfombra de su dormitorio por la noche, o en el asiento de su silla favorita de la cocina por la mañana. De esta forma, David contribuía a la supervivencia de su madre.

Todos los días después del colegio se sentaba junto a ella en la cama y, si la mujer se sentía con fuerzas, hablaban un rato. Sin embargo, otras veces se limitaba a verla dormir mientras contaba cada fatigoso resuello de la enferma y deseaba que se quedase con él.



2 из 410