Y es ahora cuando ese maestro de la relojería novelística que es Pérez-Reverte hace que, para decirlo con el clásico, se precipiten los acontecimientos, acontecimientos que el maestro de esgrima describe con palabras tomadas de la esgrima, y así el primer asesinato se transforma en un lance, en el que no sólo han usado su estocada, sino que el asesino trató de forzar el ataque, o sea, que el adversario del muerto le estaba dando llamada.

A partir de aquí, la vida real trastorna aquel orden exacto de la conciencia, aquella seguridad forjada durante tantos años, aquellas reglas que hasta ahora le habían permitido explicarse el mundo o, al menos, sobrevivir en é¿ y el novelista coloca al maestro de esgrima ante su propio espejo. Es ahora cuando las reflexiones lúcidas sacuden las viejas verdades y el maestro se distrae. Alejado como está del mundo, se da cuenta de su error: comprende que lo han traicionado. Y, llevado de su concepto de que ciertas cosas no sólo existen en los libros, comete el segundo error, es decir, baja la guardia. Pero, apoyándose en la pericia de su oficio, Jaime Astarloa supera la primera encerrona gracias a su valor y a sus exactos conocimientos de esgrima. Después, la novela se remansa porque aparentemente la trama ha concluido. Y es ahora, alta ya la noche y el capitulo octavo y último apunto de cerrar la novela, cuando la imaginación creadora de Pérez-Reverte alcanza una de sus cimas y surge de su profundo conocimiento de la novela folletinesca ¿cómo no nombrar al menos a Paul Féval y a su Lagardiére? la invención imaginaria de un final deslumbrante que, como no podía ser de otra forma, se juega a punta desnuda.

Cuando llegue usted a esas páginas finales comprenderá que, al fin y a la postre, todo se debió a un plan pero, a la vez y como debe de ser, a un malentendido.



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