
Dejó la frase en el aire, como una amenaza. El otro pareció sorprendido. Después hizo una mueca.
– No pretenderá-dijo tras reflexionar un instante- que venga a cobrar mis treinta monedas de plata como Judas, con apesadumbrada nocturnidad. Después de todo, ustedes no me dejan otra opción.
El ministro puso una mano encima del sobre.
– Podría negarse a colaborar -insinuó, con el habano entre los dientes-. Sería incluso heroico.
– Podría, en efecto -el caballero apuró la copa de coñac y se puso en pie, cogiendo bastón y chistera de una silla próxima-. Pero los héroes suelen morir. O arruinarse. Y, en mi caso, ocurre que tengo demasiado que perder, como usted sabe mejor que nadie. A mis años, y en mi profesión, la prudencia es algo más funcional que una virtud; es un instinto. Así que he resuelto absolverme a mí mismo.
No hubo apretón de manos ni fórmula de despedida. Tan sólo pasos en la escalera y el ruido, abajo, de un carruaje al ponerse en marcha bajo la lluvia. Cuando el ministro se quedó solo, rompió el lacre del sobre y se colocó unos anteojos, acercándose a la luz de un candelabro. Un par de veces se detuvo para saborear el coñac mientras reflexionaba sobre el contenido de aquel documento, y al terminar la lectura permaneció un rato sentado, entre las volutas de humo de su cigarro. Después miró con melancolía el brasero que calentaba el pequeño reservado y se levantó perezosamente, acercándose a la ventana.
Tenía por delante varias horas de trabajo, y la perspectiva le hizo murmurar un comedido juramento. Las cumbres heladas del Guadarrama arrojaban sobre Madrid un frío aguacero aquella noche de diciembre del año 1866, reinando en España su católica majestad doña Isabel II.
Capítulo I Del asalto
