Todo eso, más su elegante desenvoltura y los precisos antecedentes que había ordenado reunir sobre él, lo situaban automáticamente en la categoría de canallas distinguidos. Y para el ministro, muy lejos de considerarse un radical en cuestiones éticas, no todos los canallas eran iguales; su grado de aceptación social estaba en relación directa con la distinción y fortuna de cada cual. Sobre todo si, a cuenta de aquella pequeña violencia moral, se obtenían importantes ventajas materiales.

– Necesito pruebas -dijo el ministro; pero sólo era una frase. En realidad, era evidente que estaba convencido de antemano: él pagaba la cena. Su interlocutor sonrió apenas, como quien escucha exactamente aquello que espera escuchar. Seguía sonriendo cuando se estiró los puños inmaculadamente blancos de la camisa, haciendo refulgir unos llamativos gemelos de diamantes, e introdujo una mano en el bolsillo interior de la levita.

– Pruebas, naturalmente -murmuró con suave ironía.

El sobre cerrado con lacre, sin sello alguno, quedó sobre el mantel de hilo, alineado con el borde de la mesa, cerca de las manos del ministro. Éste no lo tocó, como si temiera algún contagio, limitándose a mirar a su interlocutor.

– Le escucho -dijo. El otro se encogió de hombros haciendo un gesto vago en dirección al sobre; parecía que el contenido hubiera dejado de interesarle desde el momento en que abandonó sus manos.

– No sé -comentó, como si todo aquello careciese de importancia-. Nombres, direcciones… Una bonita relación, imagino. Bonita para usted. Algo con que entretener a sus agentes durante algún tiempo.

– ¿Figuran todos los implicados?

– Digamos que están los que deben estar. Al fin y al cabo, creo conveniente administrar con prudencia mi capital.

Con las últimas palabras despuntó de nuevo la sonrisa. Esta vez venía cargada de insolencia, y el ministro se sintió irritado.

– Caballero, tengo la impresión de que usted parece tomarse este asunto con cierta ligereza. Su situación…



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