con lentitud se amplía el naranja del horizonte. el extremo norte se acerca, verdeando también con implacable delicadeza. pero el occidente continúa opaco, mientras el púrpura asciende al amarillo. a partir de un punto muy concreto empieza a dorarse la última raya de este mundo. trina un pájaro solo, y oigo un chorro de agua muy próximo, un chapoteo en un agua, y el desgarro del aire por un vuelo. mi alma se entristece o se alegra, desconcertada y fría. el hacinamiento de la medina es ya de un gris tenue, no como el agua, sino como un espeso vaho detenido, aguardando una orden para surgir y liberarse. como si un débil aire fuese capaz de trasladarlo, deformarlo, abatirlo. en un amanecer lo primero que se percibe es siempre lo más oscuro: los más hondos callejones, los huecos de las casas, el lado en sombra de un minarete, un ciprés, unas puertas; pero es porque la leve luz roza ya con sus dedos en algunas fachadas, en algunas esquinas, en algún plano ávido que mira hacia el oriente.

la llamada a la oración ha dejado paso a un roznido estirado y vital, a más agua, quiquiriquíes, trinos.

ruidos incomprensibles amasan, unos con otros, una sonoridad confusa. el limón del horizonte se convierte en un verdor muy tierno con breves y difusas pinceladas de malva. y ahora es el sur el que, entre el rosa y el violeta, se incorpora a la vida.



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