no parece que la luz sobrevenga, ni que sea la ciudad alumbrada desde fuera de sí misma. es como cuando el amor llega, y en su interior transforma el mundo entero; como si la luz fuese brotando de su propio centro, haciéndose ella sola, despertando como el rebuzno que aún se prolonga sin saber por qué.

los barrios opuestos al levante son los que primero comparecen; los otros, recortados contra el cielo verde y rosa como un rosal enhiesto, aún están silueteados. unas voces por fin, unas risas por fin… desde la alhambra veía el albayzín -sus tapias y sus huertos-, y, a mis espaldas, la sierra siempre nevada se mantenía de incógnito. aquí veo a la vez el trasunto del albayzín y un monte blanco tras de él, como si yo hubiese perdido la cabeza, o hubiese girado la geografía de granada para jugar conmigo al escondite o a ese juego de las adivinanzas que amina anoche planteaba. siento una punzada en el costado, que me sube a la garganta y a los ojos…

debo olvidar aquello. debo mirar atentamente este mundo de aquí, esta mañana de hoy, que es mi última mañana. los pájaros arrecian su jolgorio, incontenible ya. y los hombres, el suyo. un perro, tres, diez, ladran. la medina, inmóvil, se debate por surgir de la noche, por romper la indecisa e inexorable placenta de la noche. parece que, dentro de su manto, la ciudad ha persistido luminosa, y se desnuda ahora de las telas sombrías; pero muy poco a poco, no dejándolas caer, ni desgarrándolas, sino asimilándolas, introduciéndolas en sí misma con un amor tranquilo, para volver a usarlas dentro de no mucho, cuando yo ya no esté en este mirador de cristal coloreado, tan semejante a mi vida y tan falso como ella…



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