infinidad de veces habré oído la llamada a la oración, y recordaba ahora algunas de ellas: la del imán de la alhambra por ejemplo, que era igual que un rebuzno y nos hacía reír, de niños, a yusuf y a mí; pero era como si ésta de hoy fuese distinta. flotaba sobre la ciudad, que yo veía a mis pies, presintiendo más que viendo, a mi izquierda, el cementerio de los mariníes. flotaba sobre la noche, como si no formase parte de ella, y fuese su mejor parte, sin embargo. era un llanto; pero no lo era, sino un reproche para provocar el llanto. sus palabras resultaban, como las de las canciones de amina, indescifrables. y, no obstante, cualquiera podría descifrarlas. hablaban de la obsesión más antigua del hombre: la de ser amparado; la de adorar a algo superior, a alguien superior, que a él le conviene que exista para no quedarse absolutamente solo en medio de la noche, perdido sin asidero en el universo, sin que nadie más alto se tome el trabajo ni de reírse de él y de su soledad. el hombre infeliz necesita a su dios como el rebuzno de su asno, y sus palomas, y su arco, y su abanico, y el calor de su mujer, y la pesadilla de sus hijos que lo despiertan cuando lloriquean allá cerca de la madre, y el olor nauseabundo y caliente de la bosta aún húmeda…

todo eso, amenazadora y suplicante, repetía la voz. las voces, porque eran muchas ya. de pronto, muchas: trenzadas y hostiles, sustituyéndose y aliándose como un humo agrio y suave y paciente y urgente que se elevara desde los alminares recordando a los que dormían descuidados que el hombre no es nada: una chispa que cruza y que se extingue sin haber compartido su calor. nada, si no se pone de acuerdo con las otras chispas en aquello que debe ser creído.



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