soy el dueño de la brisa.

si quiero, sopla el céfiro; si quiero, el viento sur.

pero lo que prefiero es acariciar el rostro del más hermoso de los nazaríes”.


la cantó sin laúd, mientras me abanicaba.

– el abanico -dije-; pero el resto es mentira.

me aplaudieron los dos, al unísono como hacen casi todo. me sirvieron una última copa, y se retiraron, convencidos de que el más hermoso de los beni nazar -no el más hermoso, pero sí el más desdichado; el que estaba allí, lejos de todos los demás, vivos o muertos; el que había perdido hasta su derecho al nombre de la estirpe; el que acababa de cerrar los ojos para ocultar las lágrimas- necesitaba descansar. sentí como una arcada, y se me llenó de amargura la boca.

le eché la culpa a la aspereza del vino.


he dormido muy mal. hace ya un largo rato que me levanté. abrí las vidrieras del mirador, y vi cómo se disponía despacio a amanecer sobre la ciudad. esta ciudad podría decirse que es la mía: he vivido en ella más tiempo que en ninguna; pero algo dentro de mí lo contradice. fez no será nunca mi ciudad, ni yo seré suyo, porque mis huesos no conciliarán en su tierra definitivamente el sueño…

¿escribo sólo para retrasar el adiós?


aún era noche cerrada. la voz del muecín se alzó como quien rompe de repente un cacharro, y recoge luego los añicos, y los recompone con torpeza, y lo deja caer de nuevo, sin remedio esta vez. digo se alzó, pero también descendía, y jugaba en el aire igual que un pájaro, y se posaba de repente, y se enroscaba y se desenroscaba. parecía acabarse ya, y continuaba con más ímpetu.



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